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domingo, 19 de abril de 2015

El dinero islámico, del que dependemos, puede que no sea yihadista.




El mundo financiero islámico no, precisamente, es un encanto, aunque muy amplio y de fácil acceso. Que nadie dude, son grandes – aun sin intereses son muy buenos- cobradores y malos pagadores. Ahora bien, tienen mucho dinero, occidente es dependiente y solo hay  dos caminos que nunca te abrirán las puertas de SU dinero, la soberbia y la ignorancia. Los que nunca aprendieron que los globos terráqueos son eso, figuras esféricas que giran y al hacerlo muestran diferentes realidades, siguen pensando que la única visión del mundo es la que se obtiene desde su balcón; y si este se aloja en algún lugar de España, llegará a creer que solo existe una forma de entender las finanzas, la nuestra, la que ha llevado a la quiebra a la mitad del sistema bancario. Y si encima vive en la ignorancia, pensará que esta bancarrota financiera que hemos vivido era una catarsis del sistema y, por tanto, cuando el mismo se reconstruya, deberá hacerlo sobre los mismos pilares.
A finales de octubre se celebró en Londres el World islamic economic forum y hasta aquí no pasa nada, ya van nueve. ¿La novedad? El descaro con el que el primer ministro británico, David Cameron, dijo “queremos que Londres sea, con Kuala Lumpur y Dubái, el otro referente mundial de las finanzas islámicas en el mundo”. Mientras la City observa con nitidez su posición estratégica en el golfo Pérsico, Asia Menor y este de Asia, en España no tenemos ni siquiera un discurso impositivo que dé respuesta a las peculiaridades de la amplia gama de productos financieros islámicos. ¿El camino? Todo por andar.
Escribe, Venancio Salcines,  presidente de Escuela de Finanzas. Aunque Reino Unido, nuestro referente, ya es sede de más de veinte bancos islámicos y ha desarrollado a través de su principal agencia oficial de acreditación financiera el Chartered Institute for Securites & Investment, la Islamic Finance Qualification o el acceso a la asesoría financiera islámica, lo cierto es que el negocio financiero no reside todavía en esas entidades, meras intermediarias, sino en la captación de un volumen de negocio equivalente al 150% del PIB español. ¿Suficiente? No, esa cantidad equivale al 1% de los activos financieros mundiales y dada la actual velocidad de crucero de la banca islámica es de prever que cada cinco años se duplique.
Su volumen de negocio equivale al 150% del PIB español y es de prever que  cada 5 años se  duplique.

Hace unas semanas, en Riad, conocí, de la mano del consejero delegado de Aliman Bank, una de las principales entidades financieras de Arabia Saudí, los servicios centrales de esta institución puramente islámica, es decir, sujeta a la shariah (ley islámica). Al visitarla, no tardas más de diez minutos en darte cuenta de que estás frente a una banca universal capaz de satisfacer las mismas necesidades financieras que un banco tradicional español, pero con una salvaguarda: ninguno de sus productos resulta incoherente con su religiosidad. Por tanto, su crecimiento depende esencialmente del grado de bancarización de su sociedad y de su capacidad de innovación y esta última, va muy por delante de lo que nos podemos imaginar. En el caso de Arabia Saudí y su área de influencia religiosa, la opinión de la Liga Musulmana Mundial, a través de la Fundación Islámica Internacional para la Economía y las Finanzas, es siempre muy valorada; por ello, estas instituciones religiosas son las que en el fondo dominan el motor de la innovación financiera. No olvidemos que los suníes, a diferencia de los católicos o los chiíes, premian la decisión colegiada sobre la individual y el diálogo abierto sobre la doctrina cerrada. Al menos en el campo financiero, es obvio que este proceso, el de la lectura financiera de la sariah, se está realizando de modo positivo. Tuve ocasión de asistir a uno de esos procesos de diálogo en el marco de la Center of Research Excellence for Islamic Banking and Finance de la Universidad Rey Fhad y el debate entre la comunidad religiosa y la financiera era abierto, con un grado de tolerancia que no dejó de parecerme bastante atractivo intelectualmente.
Un banco islámico exigirá a una empresa que busque financiación que sus actividades no violen los principios sociales de su religión.

¿Y cuál es el marco religioso? Quizá lo más correcto sea hablar del marco ético, pues eso es lo primero que le exigirá un banco islámico a una empresa para financiarle una inversión o una emisión de bonos: principalmente, que sus actividades no violen los principios sociales de su religión, los cuales vienen a ser los mismos que los que percibe un país de raíces cristianas, como España, adicionando la industria del alcohol o del juego, actividades económicas no admitidas por la comunidad islámica. De hecho, lo natural es que las empresas españolas que van a construir el metro de Riad o el AVE entre La Meca y Medina puedan financiarse con facilidad, tal como hacen las americanas o las japonesas, emitiendo bonos islámicos o sukuk. ¿Emitirlos desde España? ¿Por qué no? Más de una nación está emitiendo, como Indonesia desde 2009, bonos islámicos en dólares para financiar su deuda pública. Ese es uno de los juegos de Londres, pero también el de Indonesia y esencialmente el de Malasia. Quizá sea bueno saber que no son las aguas del golfo Pérsico, sino las del mar de Java, las que acercan las finanzas islámicas a las orillas de Europa. Hacia el eje Kuala Lumpur-Singapur-Yakarta, área en la que viven cerca de doscientos cincuenta millones de personas, es hacia donde debemos lanzar nuestra mirada si deseamos entender lo que está por venir. Eso es lo que está haciendo Londres, para plena satisfacción de Malasia. El tigre asiático es, después de Irán y con un 17% de cuota de mercado, la segunda potencia financiera del mundo islámico, superando en tres puntos a la todopoderosa Arabia Saudí y con una vocación clara: liderar los mercados financieros islámicos. Y lo tiene fácil. La primera potencia financiera, Irán, está aislada y la tercera, Arabia Saudí, vive más centrada en preparar al país para la era pospetróleo que en salir a conquistar otros mercados financieros.
Pero el discurso islámico más solvente no busca apoyarse en la emisión de bonos o en su percepción del riesgo compartido en la financiación empresarial, sino en el concepto de regulación financiera. No sufrieron la crisis porque nunca se dejaron seducir por Basilea II. La regulación que sostenía el sistema en 2008 no solo permitía, sino que animaba, a construir la solvencia bancaria a través de instrumentos híbridos de capital; que es tanto como decirle a un panadero que para aumentar sus ventas de pan lo que debe hacer es comprar más levadura. Y así, con más y más levadura, nos alimentamos y mal asunto para quien no lo hiciese. Recuerden las críticas que recibió el Santander, por parte de los analistas, cuando amplió, con muy buen juicio, capital en 2008: debía crecer expandiendo su TIER2 no por su core capital, le respondían al unísono los analistas españoles. ¿Mercados inteligentes? En 2010, el Banco Internacional de Pagos anunció los tres grandes ejes de Basilea III: la vinculación entre apalancamiento y capital, nuevos parámetros de liquidez bancaria y la asunción de que los instrumentos de solvencia bancaria debían tener capacidad real de absorber pérdidas. Esta nueva música, que apenas hemos empezado a tatarear en Europa, arraiga en la esencia de la banca islámica, deseosa de crecer sin apalancamientos, evitando, por principio, la especulación y cargada de ahorro ajeno no remunerado dispuesto a financiar a los suyos. Son otra orilla y desean que la visitemos. Habrá que construir los puentes.


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