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lunes, 31 de agosto de 2015

Somos insustituibles, porque somos necesarios,


Desde siempre se oye con frecuencia decir que se trata de la opinión de otro, como argumento para justificar que, dado que cada quien tiene la suya, es cuestión de limitarnos a dejar constancia de esa diversidad. Cada cual lo ve a su manera y no hay nada que añadir. Y si nos descuidamos a eso lo llamamos tolerancia. Sería tanto como admitir que nos desenvolvemos entre el máximo común divisor y el mínimo común múltiplo. En cualquier caso, algo común. Se desatendería de ese modo que precisamente lo común no es sin más algo dado, sino asimismo algo procurado, decidido, algo acordado. Se asentaría la posición individual, diciendo que cada uno dispone de la propia, y que no sólo la percepción de los objetos es diferente, sino que también las convicciones, las ideas y los valores nos hacen mirar y ver de un modo determinado. Son perspectivas.
Si bien de ello puede desprenderse con algunas razones que no hay un modo único y verdadero de proceder, ni un lugar exclusivo en el que situarse, sin embargo hay formas de atender que son más que ver. Contemplar y considerar supone no reducirse al simple constatar lo inmediato y es más un hacer con capacidad de armonizar, de dinamizar y de historizar lo visto. Y para eso se precisa activar el discurrir, a fin de que haya en rigor discurso.
Puestos a deducir con urgencia algo al respecto, semejante perspectivismo no afectaría ni solo, ni tanto, a la diferencia en el mirar, sino a la diferencia en la singularidad irremplazable de cada vida particular. Ortega y Gasset, tan traído sobre este asunto, insiste en que “lo que de la realidad ve mi pupila no lo ve otra”, pero para deducir no sobre la inconsistencia de lo que vemos, sino sobre la contundencia de quienes somos al hacerlo. “Somos insustituibles, somos necesarios”, prosigue en El espectador.
Sin duda, no sólo en Leibniz cada mónada es una perspectiva del universo, también cada palabra, incluso cada sentimiento, y, siendo en sí misma una totalidad, no agota totalidad alguna. Podría entonces pensarse torpemente que la verdadera contemplación consistiría en ir incorporando por adición los distintos elementos hasta lograr una composición total. Pero el perspectivismo de la mirada no supone que cada ver sea parcial porque ve una parte. Para empezar, porque la posición no se reduce a la situación. Incluso aunque nos desplazáramos una y otra vez, la mirada resultante no dejaría de ser una perspectiva. En la contemplación hay algo de dislocación de lo prefijado.
No basta, por tanto, con efectuar una figura con diversos elementos. Son más que ingredientes o componentes. Y sólo lo son en la medida en que se encuentran vertebrados, articulados y armonizados. Pero para ello es preciso reconocer su mutua pertenencia a algo susceptible de ser común. Así que, por ejemplo, si se habla de deconstrucción, no es una simple demolición, sino una suerte de desmontaje para efectuar otra composición. Si se habla de juicio, y de su capacidad de escindir, de discernir, o de separar, es para vincular mejor. Eso supone hacerse cargo de que toda unidad lleva inscrita una separación, una escisión, que es la que cada vez conforma una realidad.
No es cuestión de ampararse en el perspectivismo para entronizar el puro subjetivismo. Y menos aún para, descaradamente, proponer lo individual como camino, a fin de sostener la propia posición fijada, en conflicto y en una lucha de poderes. Incluso para Nietzsche, inteligir es “una cierta relación de los instintos entre sí”. Cabe preguntarnos una y otra vez sobre el sentido y el alcance de esta relación, de toda relación. Pero no hemos de olvidar que algo sólo es en relación. Ni siquiera la mirada, por muy médica o clínica que pretenda ser, escapa, como Foucault nos recuerda, de acabar siendo un discurso, de pronóstico, de diagnóstico o de terapia.
No se reduce del perspectivismo que no hay nada que hacer, que dado que cada cual lo ve a su manera todo es reflejo caleidoscópico, irisaciones de lo inalcanzable. Más bien se desprende que toda palabra y toda mirada son imprescindibles y que la deconstrucción y el juicio convocan a una recomposición, que no se limita a reponer lo ya puesto sino que reactiva la capacidad de componer para procurar, tal vez, algo radicalmente otro.
El perspectivismo no es la fuente de la impotencia, ni de la resignación, ni de la desesperación, sino de la recreación. Conjunta y armoniosa, con la confianza de que procure nuevas formas y posibilidades de vida, semejante recreación no significa elaborar objetos u objetividades al margen de nuestra condición de sujetos. La perspectiva nos une, enlaza y vincula.
Ampararse en el perspectivismo para relativizar las posiciones supone ignorar que estas son determinantes para liberar otros ámbitos y procurar diferentes alternativas, a fin no sólo de montar o de construir otras edificaciones, sino de procurar conformaciones, que no son simples establecimientos.
Preguntado un invidente que con anterioridad pudo ver sobre su recuerdo del color, contestó que es importante, pero que lo más decisivo es tener memoria de la perspectiva. Lo interesante fue en su día apreciar sus efectos. Mediante cajas ópticas y cámaras oscuras se transmitió el paso del tiempo. Y con ello su relieve espacial. Y de eso se trata. La perspectiva da densidad y nos libera de la lectura unidireccional, plana, sin fondo ni forma, y nos confirma los pliegues en los que se desenvuelve cualquier mirada.

Desautorizar la posición de alguien por considerarla un simple punto de vista es no considerarla en absoluto. La cuestión no está en ternerlo. Al contrario. El problema consiste en no contemplar el de los demás. Y un modo frecuente y rudimentario de hacerlo consiste precisamente en asentir que es peculiar y propio, para reducirlo a algo carente de interés salvo para cada quién. El diálogo adereza con destreza los diversos componentes,  los recompone,  hasta conformar y configurar otra nueva realidad. Por muy insuficiente que resulte este acuerdo discordante es, según Heráclito, como el del arco y la lira, verdadero lógos, auténtico decir.

Artur Mas, veneno de cicuta.

Artur Mas interpreta hasta el límite el papel de víctima y mártir del malvado Estado español, haciendo suyo el eslogan Espanya ens roba, grito de guerra del independentismo primario. Si ha hecho recortes brutales en sanidad o educación y la desigualdad en Cataluña se ha disparado hasta el punto de que una cuarta parte de su población se encuentra en situación de riesgo de pobreza o exclusión, la culpa es de Madrid, la palabra mágica que sirve para justificar cualquier cosa. Si está dispuesto a declarar la independencia con solo un 30 % de los votos, la culpa es de Madrid, que no le ha dejado hacer su referendo ilegal. Pero, por si acaso los ciudadanos le quieren exigir responsabilidades por su gestión, Mas se ha emboscado en el puesto número cuatro de la lista secesionista, aunque quiere seguir siendo presidente. 

Todo sea por la Cataluña independiente, la panacea que promete curará todos los males. El demoledor caso de Jordi Pujol y su familia y el terremoto de las mordidas del 3 % echan por tierra su discurso victimista. 

Al menos hay una cosa de la que no tiene la culpa Madrid: la corrupción es puramente autóctona. Ni por esas. Hete aquí que para este prestidigitador una vez más la culpa la tiene Madrid, que juega sucio. Mas pretende seguir adelante como si no hubiera pasado nada. Que hayan robado o no los dirigentes de su partido es lo de menos. Ni da explicaciones ni asume responsabilidades. Total, él solo fue consejero de Obras Públicas y de Economía y Finanzas de Jordi Pujol, su número dos, delfín y heredero político, el líder de un partido con claros indicios de financiación ilegal y que tiene su sede embargada. Pero, como siempre en estos casos, no sabía nada. La culpa es del Estado, de Madrid

sábado, 29 de agosto de 2015

El socialismo ha secuestrado el término "izquierda" para vender aparente humo soviético.

La ideología del socialismo, en cuanto socialdemocracia, se funda en una concepción de la Naturaleza y del Género humano enteramente metafísica, equiparable a la ideología de algunas escuelas del estoicismo en la antigüedad.

1. «Socialismo» se opone a «individualismo»
Socialismo es una palabra derivada del adjetivo «social», con el que designamos todo aquello que tiene que ver con las sociedades humanas, zoológicas o vegetales (al menos tal como las considera la Fitosociología). La derivación del adjetivo «social» de «socialismo» es una transformación de un adjetivo en un sustantivo abstracto («el socialismo»), mediante su composición con el sufijo hipostático -ismo, que convierte al adjetivo neutro («escalar», diríamos también) «social» en un valor positivo («vectorial») susceptible de asumir una intención normativa, es decir, la condición de una idea fuerza confrontada con los contravalores correspondientes.

Ahora bien, como el adjetivo neutro «social», en principio meramente descriptivo, se opone al adjetivo «individual», así también el sustantivo abstracto «socialismo» se definirá por oposición al sustantivo abstracto «individualismo». Según esto, diríamos, por ejemplo, que las abejas, en tanto necesitan convivir con otras de su misma especie, son «socialistas», en su sentido más genérico, mientras que los cangrejos ermitaños son «individualistas» (cuando se les contrapone a los cangrejos de su misma especie, aunque no lo sean en relación con los moluscos que tienen que albergar en sus conchas).
Supondremos, por tanto, que de los sustantivos abstractos «socialismo» o «individualismo» resultan los adjetivos (con valor normativo, positivo o negativo) «socialista» o «individualista», si bien estos adjetivos suelen quedar restringidos, por no decir secuestrados, al campo de las sociedades humanas, sin perjuicio de que las abejas, desde Aristóteles hasta Mandeville, desde Platón hasta Wiener, hayan sido utilizadas como modelos o contramodelos de las sociedades políticas.

2. El socialismo de los partidos políticos socialistas, como sinécdoque
Acaso la reducción, o el secuestro, del término «socialismo» al campo político, como cuando se interpreta el socialismo como denominación de un partido político parlamentario, frente a otros, no tiene más alcance que el de una sinécdoque gramatical (pars pro toto), debida al uso de la lengua. Y la razón es que la estructura lógica de los cuerpos sociales vivientes (sean plantas, sean animales, sean hombres) es similar, a saber, la estructura de las clases lógicas tal como la estudia la Lógica de clases.
Naville distinguió (en un conocido trabajo de gran interés político) las clases lógicas de las clases sociales (en el sentido marxista), como si las clases sociales no fueran también un caso particular de las clases lógicas. Naville no tuvo en cuenta que las clases lógicas podían ser distributivas (como es el caso de la clase, de extensión indefinida, de los triángulos equiláteros, cada uno de los cuales es, en el contexto, independiente de los demás), pero también atributivas (como es el caso de los conjuntos de los veinte triángulos equiláteros que componen un icosaedro).

En cualquier caso, los elementos de las clases lógicas (sean distributivas, sean atributivas) no tienen por qué ser considerados siempre como homogéneos o clónicos, puesto que hay también clases climacológicas.
3. Variedad de acepciones de «socialismo»

La contracción de los términos socialismo o socialista a las sociedades políticas humanas alcanza su plenitud en la contracción, que hemos calificado de «secuestro», que tuvo lugar en el siglo XIX por obra de Pierre Lerroux, y que se mantiene en la actualidad. Pierre Lerroux sobreentendió, por sinécdoque, que socialismo había de circunscribirse no ya a las sociedades humanas, sino a algunos tipos de sociedades humanas tales como las que Marx llamó comunistas, o en vías de serlo; o bien como las que después de Marx formaron, en la Alemania de 1875 el Partido Obrero Socialdemócrata (Liebknecht, Bebel) y, unidos a los lassallianos, el Partido Socialista Obrero de Alemania, en el que militaría el «revisionista» Bernstein y el «renegado» Kautsky.

El «secuestro», por contracción interesada, del término socialismo (tanto por los comunistas partidarios de la dictadura del proletariado, como por los socialdemócratas partidarios de la vía democrática y pacífica hacia el socialismo), llegó hasta el extremo de considerar como no socialistas, por tanto, en el fondo, como no humanos, o como «hombres alienados», a los mismos adversarios «capitalistas», como si una sociedad anónima capitalista no fuera una «agencia de socialización», tanto o más efectiva de lo que pudiera serlo un sindicato obrero.

Sin embargo, fue el secuestro del término socialismo lo que transformó en una idea fuerza, en el terreno político, pero también en una idea fuerza moral o ética, al término socialismo, y lo convirtió en una especie de concepción del mundo que comprendía una filosofía del hombre, una moral y una ética, como fue el caso de Engels o el de Kautsky.
Ahora bien: ¿quién comunicaba a esta acepción, resultante de un secuestro, su fuerza propia? No la idea del socialismo en general (porque tan «socialista» es una sociedad anónima capitalista como pueda serlo un partido socialdemócrata), sino la idea de un socialismo previamente contraído o secuestrado por la socialdemocracia (o en su caso, por el nacional socialismo), que se enfrentaba a otros socialismos, ya fuera el socialismo marxista leninista, ya fuera el socialismo anarquista del comunismo libertario, ya fuera el socialismo cristiano (el socialismo de los «cristianos para el socialismo»), ya fuera el socialismo capitalista liberal.
El secuestro del término socialismo por un partido político en el terreno gramatical no dejaba de ser una sinécdoque; pero en el terreno político, ético o moral equivalía a la conformación de un modelo de humanismo basado en la identificación del propio partido con el hombre ideal, con el hombre nuevo, con el hombre del futuro. Desde este momento, un socialista convencido podría definir su condición de «socialista de toda la vida» como su título más sagrado, a la manera como un cristiano de las Cruzadas, pero también un musulmán yihadista, alegará su condición de cruzado o de yihadista como el título más sublime que acredita su condición de verdadero hombre. La diferencia acaso podría ponerse en que el cruzado o el yihadista se acoge si es preciso a la vía violenta en la transformación del hombre actual en el hombre nuevo, y estará dispuesto a morir por sus ideales; pero el socialista demócrata (el socialdemócrata) no necesitará comprometerse con semejante decisión, y no ya por la vía del escepticismo, sino porque confía que el progreso global de la evolución social humana conducirá al género humano a transformarse en el hombre nuevo, que el humanismo socialista propugna. De este modo, el socialista político viene a transformarse en una suerte de confucionismo práctico, que confía en que sus actos cotidianos más vulgares tienen consecuencias futuras sublimes.

4. El secuestro del término «socialismo» por los partidos «de izquierda»
Gracias a la ignorancia de la estructura polémica y aún trágica de las sociedades humanas, un socialista podrá alimentar durante toda su vida una especie de conciencia de superioridad sobre los demás partidos políticos y, sobre todo, sobre los partidos que él llama «de la derecha». La confianza en el progreso de la humanidad, en la paz perpetua, en la igualdad, la libertad y la solidaridad, en la alianza de las civilizaciones, en la abolición definitiva de la violencia de género, en el aborto libre, &c., le permitirá mantener una especie de serenidad durante toda su vida, porque la «confianza cósmica» depositada en el progreso de la Naturaleza y del Género humano será capaz también de transformar sus actos más vulgares en actos sublimes. Pero esta confianza, que sólo puede mantenerse en sociedades en las cuales los trabajadores viven en posesión de un «estado de bienestar» y tienen acceso político o sindical a los aparatos de control del Estado, es solidaria de la ignorancia.

Si el socialismo ha logrado ser una idea fuerza, o lo sigue siendo, es debido no a la idea filosófica del socialismo genérico, sino a la idea política de un «socialismo aureolar», un socialismo que se sitúa en un futuro indefinido pero entendido como si este futuro tuviese ya una realidad presente y a la mano, tangible y con la cual hay que contar en cualquier decisión política, ética o moral.

En conclusión, si el socialismo es una idea filosófica, sin necesidad de ser una idea fuerza, en el terreno de la política, es en la medida en que la entendemos como idea que se contrapone al individualismo, a la manera como desde Augusto Comte la sociología se contraponía a la psicología –a la psicología mentalista de la conciencia, colindante siempre con el idealismo. Quienes creen en el socialismo como si fuera una idea fuerza capaz de organizar la vida de los hombres sólo pueden alimentar esa creencia en el terreno de una ignorancia profunda, que confunde lo que es una idea aureolar, mitopoiética, con una idea positiva.
En realidad el socialismo político, como ideología política, ética o moral, es un humanismo confuso cuya fuerza, aún de carácter laico, es enteramente paralela a la de los no menos confusos humanismos cristianos o mahometanos, que por cierto reciben su alimento precisamente de fuentes no humanas sino pretendidamente divinas.


No dudamos que esta idea fuerza ofrece a sus creyentes una explicación de las «injusticias» de las diferencias de clase o de las maldades del capitalismo; pero esta idea ejerce su influjo animador de manera similar a como la idea de Dios ejerce un influjo relevante y santificante en quienes creen en él.

viernes, 28 de agosto de 2015

La mentira de la realidad económica mundial. El barril de petróleo por debajo de los 15 dólares.

La enferma economía estadounidense,lejos de ser el esperado revulsivo está más cerca de ser el detonante del nuevo crack del 29. Antes de dos meses, el barril de petróleo cotizará por debajo de los 15 dólares.   La mayoría de las previsiones anticipaban hasta hace pocas semanas que en la próxima reunión del órgano decisorio de la Reserva Federal, el 16 de septiembre, se decidirían las primeras subidas de los tipos de interés. De las actas de las reuniones de celebradas el 28 y 29 de julio del banco central de EE UU se deduce un panorama económico en el que, junto a un crecimiento sostenido y registros aceptables en el mercado de trabajo, se alejaban las presiones a la baja de los precios, que podrían cuestionar el objetivo de inflación. Pero las cosas han cambiado en el último mes.

Los datos de empleo en julio no son precisamente generadores de temores inflacionistas. Se crearon 215.00 nuevos empleos, menos que lo esperado mayoritariamente y también a un ritmo significativamente más bajo que en los de meses anteriores. La tasa de desempleo sigue en el 5,3%, de difícil reducción adicional. Ello está siendo compatible con un comportamiento moderado de los salarios.

El otro centro de atención, la evolución de la inflación, también verá contenidas las expectativas alcistas debido a la apreciación del dólar y el descenso en los precios de la energía y otras materias primas. La inflación subyacente, excluidos precios de la energía, quedó situada en el 1,8% en julio. El descenso en los precios de las importaciones, consecuente con el debilitamiento de algunas economías emergentes, reduciría aún más la inflación. El FMI no prevé que el 2% de objetivo límite se alcance antes de mediados de 2017.


Ese panorama favorable a la sostenibilidad del crecimiento del PIB en el entorno del 2,5% se ha alterado recientemente de la mano de las señales de desaceleración de la economía china y de la apreciación del dólar. De persistir ambas señales, se limitaría el escenario propiciador del abandono de la excepcionalidad monetaria que ha presidido esa economía desde el inicio de la crisis. Un prematuro endurecimiento de las condiciones monetarias en la primera economía del mundo extendería sus efectos contractivos del crecimiento a todas las economías, desde la vulnerable Eurozona a las más amenazadas emergentes de América Latina.

La alteración probablemente más relevante en el escenario hasta ahora dominante es la sucesiva depreciación de la moneda china, una decisión que puede revelar el temor de las autoridades chinas por un debilitamiento superior al esperado en el ritmo de crecimiento. De persistir esa caída en la actividad de la segunda economía más importante del mundo, además de afectar a la economía global, reduciría las presiones sobre los precios, haciendo lo propio con las probabilidades de un inmediato endurecimiento monetario en EE UU.

Tras siete años de políticas monetarias manifiestamente laxas, el potencial desestabilizador de una subida de tipos de tipos de interés estadounidenses, en el contexto actual de manifiestas divergencias cíclicas con un crecimiento tibio en el resto del mundo, podría ser importante, especialmente en aquellas economías emergentes más dependientes del tipo de cambio del dólar y de la demanda estadounidense de sus exportaciones.


Los mercados financieros acentuarían su volatilidad y con ella los problemas de financiación en el sector real, no solo en EE UU. Consecuentemente, la recomendación del FMI en la dirección de aplazar hasta el próximo año el cambio de la política monetaria es pertinente. El horizonte de estancamiento secular sobre el que han advertido algunos analistas en aquel país no está hoy completamente descartado.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Nietzsche o la propia parapsicología del Nihilismo, Negación de toda creencia religiosa, política o social.

Hace poco más de 115 años moría en Weimar Friedrich Nietzsche. Peter Gast, fiel amigo, recordará cómo a aquellas horas una gran tormenta se abatía sobre la Villa Silberblick. Terminaban así diez largos años de silencio apenas interrumpido por los paseos custodiados por las calles de Naumburg, breves exaltaciones nerviosas y alguna sonrisa feliz al escuchar al piano algunos de sus temas preferidos. Todavía lo recordamos descansando sobre un diván, envuelto en un blanco vestido de franela, los bigotes crecidos, la mirada ausente y una pronunciada palidez en el rostro. Diez años de silencio, tras la crisis de Turín en enero de 1889, como culmen de un período de intensísima actividad y que halla en su Ecce homo el testimonio más estremecedor de su biografía intelectual. Ahora, en los interiores de la casa de Weimar, como si hubiese elegido esta ciudad para el reposo definitivo, todo se detiene y la ausencia de su voz y de su escritura -Thomas Mann afirmará que la suya era la mejor prosa alemana después de Lutero- marca ya la espera de otros tiempos, prontos a reconocer en su obra uno de los legados filosóficos decisivos de nuestra época.El, que, ya en una temprana Intempestiva, había propuesto como clave de lectura de la época moderna una especie de dramaturgia construida sobre tres personajes: el hombre de Rousseau, el hombre de Goethe y, por último, el hombre de Schopenhauer, se arriesga ahora a construir y proponer su propio modelo. Y si fue Rousseau el primero en reconocer las antinomias entre naturaleza y cultura, dando a la primera el privilegio de lo bueno frente a la valoración crítica de las formas de la cultura, y Goethe el primero en soñar una potencia que, encarnada en Fausto, haría posible un mundo en el que se hermanaran razón y sentimiento, alma y cuerpo, reconducidos al proyecto de un clasicismo regido por las grandes formas, tocó a Shopenhauer "cargar con el sufrimiento voluntario que comporta la veracidad"; es decir, el reconocimiento de una necesidad que acompaña al hombre y que lo somete al destino de su naturaleza y voluntad, y frente a la que sólo cabe, si no una vida feliz, sí al menos una vida heroica. Quizá era por esto que Nietzsche lo nombra "educador del siglo XIX", como también debió ser por estas mismas razones que El mundo como voluntad y representación pasase a ser el libro más leído del siglo y el verdadero livre de chevet de los intelectuales alemanes, de Wagner a Simmel, de Musil a Jünger o de Wittgenstein a los hermanos Mann.

Frente a esta primera galería de figuras de Nietzsche propondrá su Ecce homo, y que no es otro que el hombre moderno en cuanto toma conciencia de la "muerte de Dios" y que ya había anunciado como el "último hombre" en el prefacio del Zaratustra. Éste no es aquél que halla finalmente la pacificación en el reconocimiento de la verdad, sino que lo que le caracteriza es la hybris, una especie de violencia en los límites de sí mismo y de su naturaleza. "Hybris -dirá en la Genealogía de la moral- es hoy nuestra posición general frente a la naturaleza, bajo las múltiples formas de violencia...; hybris es también la posición que tenemos frente a nosotros mismos, sometidos al ejercicio diferenciador de la dominación". La respuesta a esta hybris no es otra que la del "hombre que deviene", que transforma el pesimismo shopenhauriano en decisión activa y positiva que parte del reconocimiento del primado de la vida, de la afirmación de nuevos valores y de una nueva fidelidad a la tierra. El "hombre que deviene", el superhombre, habita este extremo, esta tensión. No hay lugar para un sujeto conciliado. Nietzsche inaugura así una tercera posición: entre la totalidad dialéctica hegeliana, de un lado, y la misma adhesión al positivismo de los hechos, de otro, nos propone la tensión de un sujeto que suspende el sistema de garantías que el platonismo había inaugurado y que tiene que ver con las ideas de Dios, verdad y bien, para derivar hacia el espacio primero que la tragedia griega inauguró y que más tarde la filosofía intentó cancelar.

Dejando de lado interpretaciones orientadas del tema del Übermensch, en gran parte deudoras de la obra de Alfred Bäumler, próximo a intereses nacionalsocialistas, la verdadera dimensión de la crítica de Nietzsche debe ser entendida en los términos de la tensión antes citada. La "muerte de Dios", anunciada en La gaya ciencia, arrastrará consigo el desvanecerse de los valores tradicionales y, sobre todo, la pérdida de una inocencia que se expresara en la imposibilidad de pensar y dar un nombre al todo. Musil, él también tan nietzscheano, reconocerá en esta fragmentación del mundo uno de los efectos principales derivados de la crítica de Nietzsche. "La vida ya no habita el centro", anotará en uno de sus Diarios, con clara referencia a un fragmento de 1887. Como él, tantos otros escritores europeos harán suya la perspectiva abierta por la obra de Nietzsche. Desde Strindberg a Homfmannstahl, de George a Broch, de Benn a Mann y Jünger y tantos otros reconocerán en su pensamiento la referencia obligada a la hora de una interpretación de la época.

Nietzsche, como ilustrado, abre el espacio de una nueva forma de crítica de la cultura, que se desarrolla paralela a sus análisis del nihilismo europeo. Cuando en el fragmento de Lenzerheide del 10 de junio de 1887 -reeditado ahora para su centenario con comentarios de Manfred Riedel- da testimonio de "el desierto que crece", no se refiere a otro hecho que a los efectos derivados del amplio proceso de secularización y abstracción de la cultura europea, agenciada ahora por una poderosa voluntad de poder (Wille zur Macht), sujeto hipostasiado de la cultura moderna y a la que quedaban sometidos todos los procesos de la vida. Ésta, sin suerte de afirmación positiva, no tenía otra salida que el viaje interior del arte, tal como la literatura de principios del siglo entendió. Un estudio de la recepción de la obra de Niezsche por parte de la misma ilustraría hasta qué punto la fidelidad a las intenciones nietzscheanas orientó sus planteamientos éticos y estéticos. Su lugar de encuentro, como Simmel bien ha indicado, fue, sin duda alguna, el nuevo concepto de crítica de la cultura. El trabajo de desenmascaramiento que Nietzsche propone como tarea principal de la filosofía desde Verdad y mentira en sentido extramoral.

Así entendida, la filosofía no será otra cosa que una "filología de filologías", una especie de filología siempre activa e inacabada, una filología sin término y que nunca debería de ser absolutamente fijada o establecida, como hará notar Foucault. Y si esto es así, el filósofo, intérprete por excelencia, hará suya la tarea de perseguir la genealogía de los valores, de la moral, de los ideales de verdad, de bien y de belleza, y verlos surgir en el teatro de los procedimientos e intereses, quitadas ahora las máscaras y más allá de su derrisoria malevolencia. Es un trabajo largo y lento que el mismo Nietzsche nos recuerda en uno de los textos claves, que él mismo aconseja sobre cómo debería ser leído. Se trata del prefacio a la segunda edición de Aurora, de 1886. Él mismo se reconoce como amigo del lento, maestro de la lectura lenta, que todo filólogo responsable debe practicar. Se trate de develar, de desenmascarar el juego de velos y máscaras que protegen las formas de la cultura, ahora que ya no están bajo la protección de un Dios que "ha muerto". Esta fidelidad a la lección de la filología -¡"qué soy yo si no un filólogo!"- será la que lo convierta en el más radical e implacable genealogista de la cultura moderna. A su paso irán apareciendo la "verdadera historia" de la moral, de los ideales, de los conceptos metafísicos, historia del concepto de libertad o de justicia como emergencia de diferentes interpretaciones.

Pero si la crítica, en su primera instancia, es la que dará cuenta de la galería de espejos que reflejan las imágenes de una historia que nos permite creer en un "mundo hecho fábula", en un segundo momento la crítica abre un espacio que Nietzsche hace coincidir con el de un nihilismo activo y que viene a significar el espacio del gran experimento nihilista. Un tiempo que Nietzsche intentaba mirar gayamente, y que se presenta a sus ojos como un tiempo de tensiones insoportables. Ahí se afirma una nueva experiencia, a pesar de que los lenguajes que la nombran no suscriban ninguna necesidad, ningún orden establecido, sino que, por el contrario, son interpretados como gestos y saberes hipotéticos. Y cuando Musil afirma que la tarea teórico-ensayística de nuestro tiempo es más urgente que aquella "artística", viene a indicar precisamente los potenciales significados de una escritura que se reconoce experimento, es decir, disponibilidad ensayística en el sentido nietzscheano del término.


Desde esta perspectiva es fácil entender las razones por las que Nietzsche ha pasado a ser en tantos aspectos el educador del siglo XX. Ha sido él quien mejor ha articulado la potencia desenmascaradora de la crítica con el carácter hipotético y ensayístico del trabajo de la filosofía. Y si, por una parte, su obra llenaba el espacio filosófico abierto tras la muerte de Hegel, por otra anticipaba ya las formas de pensamiento de nuestro siglo. Gottfried Benn escribía el testimonio más elogioso al cumplirse el cincuenta aniversario de su muerte y que hoy, años más tarde, cobra total vigencia: "Su estilo arriesgado, tempestuoso, vacilante, su dicción azogada, su negarse a todo idilio y fundamentación de carácter general, el haber asumido la psicología de los instintos, la constitución orgánica como motivo, la fisiología como dialéctica, el conocimiento como emoción, todo psicoanálisis, el existencialismo entero, todo está ya en su obra. Él es, y cada vez resulta más claro, la gigantesca figura dominante de la época posgoethiana". Nosotros, cincuenta años después, más cerca que antes del de te fabula narratur, seguimos viendo en su obra la lucidez y coraje de quien desafía los rituales de la cultura, aun sabiendo que este desafío lo arrojaba a una verdad "humana, demasiado humana", que convierte al hombre en el gran fabulador y al mismo tiempo capaz de imprevistas violencias. Una historia que Nietzsche interpreta como un devenir sometido a juicio y quizá un día liberador

martes, 25 de agosto de 2015

Cataluña declaración de independencia.



La declaración independentista que se está impulsado desde las instituciones del Gobierno autonómico, subyuga un monopolio de propaganda solo digno de cabezas cuadradas y ruines si causa. Va para 11 años que Arturo Mas participó en una tertulia de las de a cuatro. Llamaba la atención que en momento alguno expresase sus opiniones personales o como líder de partido. Era Cataluña la que hablaba por su boca: “Cataluña quiere esto”, “Cataluña nunca tolerará aquello”, etcétera. Al serle hecha la observación que resultaba impropio asumir esa condición de portavoz, siendo además el suyo un partido de oposición minoritario, quedó por un momento desconcertado. Le salvó otro contertulio, hombre de orden, protestando por el desacato de que era objeto el ilustre invitado. Pero tampoco hacía falta la crispación del Estatuto. En un congreso celebrado en la Universidad de Ohio en 2000, el filósofo Rubert de Ventós, pasado al independentismo desde que en su estancia en la Corte como senador se sintiera forastero (sic), desarrolló todo un discurso de ruptura con España cuyo supuesto emisor era una y otra y otra vez Cataluña. Me permití preguntarle si es que Cataluña, al modo de la Virgen, se le aparecía todas las noches para darle a conocer sus pensamientos. Hoy, Arturo Mas afirma que quien vote contra él, vota contra Cataluña. El fenómeno es habitual en los nacionalismos radicales, pero hasta la década anterior fue minoritario en Cataluña, caracterizada precisamente por el pluralismo de su mapa político, la interacción entre corrientes progresistas y catalanistas, y el predominio claro del autonomismo sobre las corrientes soberanistas. Cierto que como advirtiera Pierre Vilar, la mitificación del pasado anterior a 1714 y el menosprecio de Castilla entre los intelectuales, se hallaban muy arraigados, sobre el telón de fondo bien real del desfase existente entre la modernización catalana y el atraso relativo de España. 

La frustración política adicional de la reforma del Estatuto y la contienda lingüística crearon el clima para que del distanciamiento se pasase a la propuesta de fractura, alimentada además por una crisis económica que propiciaba la reivindicación de un “pacto fiscal”, esto es, la situación de privilegio disfrutada por Euskadi y Navarra. Tras el recorte estatutario por el Constitucional, bajo la bandera de “Catalunya és una nació”, la prensa impulsó la movilización del sector nacionalista de la sociedad civil y abrió la ventana de oportunidad política para que la burguesía catalanista diese el paso hacia la autodeterminación (disfrazada de “derecho a decidir”) y la independencia (“soberanía”), a partir de la Diada de 2012. Es en ese encuentro de la movilización de masas y de la política de los partidos nacionalistas donde entra en juego el papel de la concepción mágica de la nación, tanto para resolver las posibles contradicciones existentes en el proyecto, disolviéndolas en un proceso unitario, como para elaborar un discurso maniqueo, donde el Estado español en particular, y la pertenencia a España en general, se convierten en obstáculos a derribar. Todo se vuelve muy simple, y tanto prestigiosos historiadores —ejemplo, Josep Fontana— como intelectuales, artistas y líderes de opinión, se suman sin dificultad al cortejo que lidera el flautista Mas hacia la tierra de promisión, la Ítaca de Lluís Llach. El efecto-mayoría actúa a pleno rendimiento. Un intelectual de la talla de Oriol Bohígas afirma tranquilamente que opta por la independencia para así separarse de España, y es que además con la estrella solitaria Cataluña sería el doble de rica. Y como sucede en este tipo de procesos de fascinación colectiva, el factor aglutinante es el odio al otro. Si alguien discrepa de que España perjudicara a la economía catalana en los dos últimos siglos, es un “inquisidor”, y si deslegitima la actuación de Mas, está pidiendo que los tanques entren en Barcelona. No es un descerebrado quien esto propone, sino el hoy subdirector de un gran diario barcelonés, y tampoco faltan descalificadores de otras procedencias, como alguno que hace 20 años defendía los GAL y luego desde su puesto diplomático del Estado español truena contra todo adversario del independentismo. Son muestras aisladas de un comportamiento mucho más amplio. Estamos ante una forma perversa de hegemonía, la que inhabilita al disconforme, más propia de los movimientos totalitarios que de la democracia. Y cuya eficacia fue bien probada en el primer tercio del siglo XX. El problema no es, pues, fundamentalmente de “derecho a decidir” y de constitucionalidad, sino de democracia. 

Democracia es procedimiento, no subordinación a un resultado, y de Napoleón III a Hitler, los plebiscitos han sido con frecuencia instrumentos para encubrir la ausencia de legitimidad en graves decisiones políticas. Convergència y ERC tuvieron y tienen todo derecho para entregarse en exclusiva al independentismo. Quien no tiene ese derecho es la Generalitat, obligada por la Constitución y el Estatut a salvaguardar siempre la igualdad de derechos políticos de los ciudadanos, incluida la isegoría, el derecho efectivo a la expresión desde instancias públicas en igualdad de condiciones. Y ese derecho no ha existido. En Cataluña impera un monopolio estatal de la propaganda por todos los medios a disposición de la Generalitat, ignorando deliberadamente que en septiembre de 2011 las opciones se igualaban el torno al 50%. Al servicio de una sedición. Todo adversario de la independencia es para Mas y los suyos un enemigo de Cataluña. Estamos ante un caso claro de totalismo, de totalitarismo horizontal, donde la difusión a toda la sociedad del dogma independentista resulta impulsada desde las instituciones de gobierno.
La sacralización del proyecto nacionalista, la satanización de la inserción en España, convierten a federales y autonomistas en ciudadanos de segundo orden. Prácticamente invisibles en la esfera controlada por la Generalitat, donde todo espacio de debate resulta eliminado. No se ofrece análisis riguroso de los costes de la independencia. Tampoco la menor mención a que la Constitución española es reformable, y que con el PP fuera del poder, cabría una reforma federal incluyendo el derecho a la autodeterminación. Por supuesto, las condiciones fijadas por el vigente Estatut para su reforma son igualmente ignoradas. A la vista del fracaso de Ibarretxe en 2008, Mas decidió que ese colectivo dotado de poderes mágicos que es Cataluña asumiera desde el principio el poder constituyente. La causa sagrada justifica el permanente fraude de ley, siempre cuidando de no hacer inevitable la aplicación del artículo 155. Hasta la declaración de independencia. El inmovilismo de Rajoy, la timidez del reformismo federal del PSOE, el oportunismo cargado de ignorancia de Podemos, intervienen a favor suyo. Toca ser pesimista. Una sedición antidemocrática, pero con amplio apoyo de masas, es anuncio de lo peor. 
Antonio Elorza, catedrático de Ciencia Política.

lunes, 24 de agosto de 2015

Ser subsahariano no significa asesino de lexa humanidad. Solo ser del África negra.

Los nenes lloran de hambre e impotencia. Los políticos son pasto del colesterol y del qué hice.
Si queremos estudiar el fenómeno de la migración para explicarlo, posiblemente, Almería y Canarias sean los lugares adecuados.

Son las puertas de entrada de los inmigrantes africanos y. en especial, de los que viajan arriesgando más y temiendo no ya no poder quedarse en España, sino no poder siquiera llegar a tierra firme. Existe la intuición generalizada de que la información sobre la inmigración no es todo lo correcta que debería ser, que se reduce a unos mensajes y unos datos que convierten fácilmente en problema lo que podría ser visto desde puntos de vista más positivos, que focaliza y resalta aquello que hay en los hechos de más espectacular, escandaloso y oneroso para quienes en realidad son los protagonistas de la noticia. Las intuiciones suelen basarse en realidades, pero es bueno que las contrastemos y, sobre todo, que procuremos descubrir por qué ocurre eso que intuimos que no es demasiado correcto. 

Sin ese esfuerzo, será difícil cambiar las cosas y procurar o exigir una información más fidedigna y ajustada a la realidad. Vivimos en una democracia, para la cual es básico que los ciudadanos estén bien informados. Los medios de comunicación –se ha dicho muchas veces- son una industria, son un elemento más de una economía de mercado no amortizada- que busca ante todo maximizar los beneficios económicos, pero son, al mismo tiempo, los medios a través de los cuales nos llega toda la información sobre lo que ocurre en nuestro entorno. Exigirles responsabilidad en su trabajo no es un imperativo menor. Debiera ser una exigencia ciudadana ineludible (…) Ya sabemos que la imparcialidad es imposible, y más aún la verdad, que cada cual cuenta la historia a su manera porque la percibe también de forma singular y no idéntica a como la ven otros. Aún así, y aceptando estas limitaciones indiscutibles porque son humanas, existen intereses económicos que propician el poner el acento en lo que excita más la curiosidad, sea o no lo más importante. Más aún, existen ideologías interesadas en ocultar aspectos de la realidad, especialmente cuando ésta puede llegar a ser muy problemática, como tiende a serlo en el caso de la inmigración. Aunque las personas que inmigran son, de hecho, los sujetos de la noticia, éstos casi nunca son fuente de información, sino meros objetos de la misma. Las fuentes suele ser la policía, la administración, la política, fuentes, en cualquier caso, interesadas en ofrecer una determinada cara de los hechos. A todo ello hay que añadir, ese tejido de complicidad que mezcla al periodismo con la política de partidos y que tiene como consecuencia un discurso que es mero enfrentamiento, alejado de la voluntad de dar buena cuenta de algo que debe formar parte del interés público. No es que haya, por parte del informador, una clara intención de distorsionar los hechos. Los periódicos salen todos los días, deben llenar páginas y páginas con lo más noticiable, compitiendo con el periódico rival, sin tiempo para investigar a fondo temas que, en sí mismos, son muy complejos. La tarea del periodista no es sencilla. Fácilmente se crean inercias y rutinas que llevan, nadie sabe por qué, a incidir en aquellas imágenes y anécdotas que resultarán más impactantes y emotivas, sólo por eso se seleccionan. Pero ese cúmulo de razones pone de relieve que, en definitiva, vender el periódico es más importante que hacerlo bien. De ahí la necesidad de que el crítico y el estudioso planteen una serie de preguntas que hagan reflexionar al periodista: ¿por qué la noticia es noticia? ¿cuáles son los valores que orientan la narración? ¿qué se está buscando, además de informar? Hoy ya nadie puede observar la realidad directamente. Sólo lo más cercano nos es dado ante nuestros propios ojos. Lo demás, los temas sobre los que se polemiza, se discute o se legisla, los conocemos sólo porque los medios de comunicación escriben y hablan de ellos. El modo como nos cuentan lo que ocurre determina sin duda nuestra percepción y nuestras creencias sobre muchos fenómenos que desconocemos. Si los inmigrantes provocan reacciones xenófobas, es porque alguien trata de convencernos de que su lugar está en otra parte mejor que entre nosotros (...) Los relatos sobre los inmigrantes que recibe el ciudadano son todos negativos. Sólo atendiendo al lenguaje utilizado, uno percibe que éste se nutre de palabras que invitan al rechazo: ilegalidad, sin papeles, naufragios, desaparecidos, niños que deben ser atendidos, desbordamiento; en suma, sólo problemas para las islas y para la población. Las metáforas que se construyen representan al fenómeno migratorio como una situación incontrolable y amenazante: “goteo incesante de cayucos”, “riadas de inmigrantes”, “marea constante”, “oleada de irregulares”, “desembarco masivo”, “avalancha imparable”, “al borde del colapso”, “situación límite”(…) 


Quienes trabajan en los medios deben responsabilizarse de su trabajo y aprender a dilucidar entre la auténtica información y lo que no tiene otro objetivo que la propaganda: propaganda que el medio se hace a sí mismo llamando la atención, o propaganda del grupo político a cuyo servicio el medio se rinde. La profesión periodística se rebela fácilmente contra los controles, incluso las críticas, que ponen en cuestión su trabajo. Apelan a la autorregulación como única medida. A lo que hay que replicar que ojalá hubiera una auténtica autorregulación. Porque ello significaría, en primer lugar, que las empresas periodísticas se dotan de libros de estilo o guías de buenas prácticas que tratan de dar respuesta a los problemas que plantean las informaciones más difíciles. Autorregulación significa, además, voluntad explícita de aplicar las normas que uno se ha dado a sí mismo. Tal es el auténtico sentido de la autonomía: ser libre, por supuesto, pero no para decir cualquier cosa, sino lo que se debe decir en cada caso, de acuerdo con los principios y valores que todos decimos compartir. Pero hay otra cuestión. El dicho habitualmente repetido de que tenemos los medios que nos merecemos no carece de fundamento. El ciudadano no debiera dejar pasar tranquilamente y sin inmutarse las informaciones que claramente distorsionan, manipulan o convierten en noticia lo que en puridad no lo es. Los medios de comunicación son piezas clave de una información que, por otra parte, no puede agotarse en ellos. Los medios dan datos sobre unas realidades que el ciudadano, si está comprometido con la democracia, tiene la obligación de intentar comprender por sí mismo. Más aún cuando los medios electrónicos, la red, nos sitúa ante un magma informativo que será mero ruido si no somos capaces de seleccionar y separar lo que vale de lo que sólo es bazofia. Es inevitable que la información mediática simplifique los hechos. Es sintomático que el tratamiento dado a la inmigración oscile “entre la compasión y la xenofobia”. El problema de quedarse en las meras reacciones emotivas o viscerales es que lo mismo que genera compasión y solidaridad en el primer momento, producirá actitudes racistas cuando empiece a ser molesto. Con una información sesgada y superficial, nada abona el terreno adecuado para que puedan discutirse y diseñarse las actitudes y las políticas que necesitamos a fin de que los inmigrantes trabajen en condiciones humanas, tengan acceso a los servicios públicos, tengan viviendas aceptables y se sientan bien recibidos y tratados por la sociedad en la que escogen vivir.

domingo, 23 de agosto de 2015

El ‘caso Púnica’ debe servir como ejemplo para acelerar cambios legislativosprevistos contra la corrupción


Francisco Granados, tras ser detenido por agentes de la Guardia Civil en el marco de la Operación Púnica, en octubre de 2014. /
Un año después de iniciada la investigación del escándalo, los 60 tomos conocidos del sumario del caso Púnica han puesto al descubierto un bochornoso catálogo del pillaje institucional: contratos municipales amañados a cambio de millonarias comisiones ilegales; recalificaciones urbanísticas que favorecen a determinados amigos de los gobernantes; pago de servicios particulares con dinero público; financiación de partidos por empresas agraciadas con diversas concesiones administrativas…


El caso Púnica ha demostrado que, pese a las medidas legislativas aprobadas en los últimos años para combatir la corrupción, todavía existen deficiencias en la normativa sobre contratación que permiten esconder las peores prácticas políticas. La consecuencia es una colosal pérdida de recursos públicos para el enriquecimiento ilícito de unos pocos.

El pinchazo telefónico a dos defraudadores fiscales con cuentas bancarias en Suiza —uno de ellos Francisco Granados, exsecretario general del PP-Madrid, exconsejero autonómico y exsenador, y el otro, su amigo constructor David Marjaliza— ha sido suficiente para destapar media docena de tramas corruptas que se alimentaban de presupuestos públicos. Estas redes delictivas han funcionado durante años sin despertar sospechas. Incluso operaron a pleno rendimiento cuando la corrupción ya era el segundo problema que más preocupaba a los españoles y cuando todos los partidos se afanaban en demostrar su compromiso para luchar contra esta lacra.

Cualquier asunto que repartiera dinero público era propicio para la actuación de los saqueadores. Desde concursos de eficiencia energética para ahorrar gastos a los Ayuntamientos hasta la organización de fiestas municipales, pasando por la adjudicación de parcelas para levantar colegios concertados, contratos para el seguimiento de noticias en Internet o para el posicionamiento de las instituciones en redes sociales.


El juez Eloy Velasco tiene todavía mucho trabajo por delante en una causa que suma 92 imputados, entre ellos una decena de exalcaldes, el expresidente de una diputación provincial y dos exconsejeros autonómicos de Madrid. Además, los gobiernos municipales de una docena de grandes ciudades están bajo sospecha de usar dinero público para su promoción política personal. Algunos de los cargos salpicados por el escándalo siguen desempeñando puestos de responsabilidad porque aún no han sido imputados por el magistrado Velasco y sus partidos mantienen la confianza en ellos. La investigación judicial necesita tiempo, pero no es posible que personas que gestionan grandes presupuestos permanezcan indefinidamente bajo sospecha.


El caso Púnica es la última prueba de cómo la corrupción escapa todavía con cierta facilidad a los controles públicos; de que los delincuentes no temen al endurecimiento de las leyes. Así deben tomárselo quienes gobiernan en las instituciones: como una lección que sirva de acicate para acelerar el cambio de la normativa y aprobar medidas que impidan a los corruptos aprovecharse de los agujeros legislativos, todavía numerosos, para su enriquecimiento personal.

PIB, otra de las mentiras que tienen los políticos para confundirnos.

Varios economistas, sobre todo los tertulianos, y el gran público, admiten que el crecimiento de un país se mide por medio del PIB (producto interior bruto). Hay, por tanto, un gran consenso en admitirlo como un indicador único, incluso a efectos de comparación y de referencia. Sin embargo, cada vez más, existen otras nuevas dimensiones explicativas que ,combinadas entre sí, a fin de conformar un indicador sintético, nos aportan más información y reflejan con mayor exactitud tanto el crecimiento como su calidad e intensidad.

De esta forma surgen los índices de desarrollo humano, a partir de los datos suministrados por el PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo), o el índice de felicidad bruta, creado por el Gobierno de Bután en 1972. Estos indicadores introducen la necesidad de ponderar objetivos sociales, económicos, institucionales y medioambientales. Más tarde, al tener en consideración aspectos como el progreso técnico, los avances tecnológicos o la incidencia de valores intangibles, se ha ido añadiendo una mayor complejidad al análisis del cálculo y estimación del PIB.

Esta mencionada complejidad aviva el debate, acrecienta la disputa y la necesidad de adoptar indicadores que, de manera más completa, aporten datos y explicaciones convincentes a la sociedad. Es decir, se trata de lograr explicar cómo el crecimiento económico de un país puede producirse a la vez que aumenta su desigualdad, empeora su calidad de vida, se endeuda más, crece el paro, o contempla cómo se destrozan y deterioran sus ecosistemas.

Bajo estas circunstancias, la mayor parte de los institutos de investigación y los centros de prospectiva buscan, apasionadamente, explicaciones más verosímiles que la propia interpretación del PIB, que ya se considera un indicador insuficiente. En Australia, su Instituto Nacional de Estadística presenta, desde el año 2002, un conjunto de 26 dimensiones explicativas; la Unión Europea, sobre la base de su Estrategia 2020, cifra sus objetivos en torno a nueve indicadores principales; el Reino Unido, desde el 2011, muestra públicamente su tableau de bord, con 30 indicadores; en Alemania, su comisión ad hoc identifica nueve indicadores complementarios al PIB que son publicados anualmente; en Bélgica, por medio de una ley votada en el 2014, se instituye un debate anual en el Parlamento para hablar sobre la calidad de vida, el desarrollo humano, el progreso social y la sostenibilidad de la economía. O sea, en otras latitudes existen buenas y magnificas experiencias a imitar que bien podrían ser copiadas por el Parlamento de Galicia.

Después del informe Stiglitz-Sen-Fitoussi, encargado por el presidente de la República Francesa, Sarkozy, en el 2009, sobre la medición de los resultados económicos y del progreso social, se abrió el gran debate entre los especialistas en torno a cuáles deberían ser los complementos del cuadro de indicadores de un país. Para contribuir a definirlos, proponemos un marco en el que se combinen tres grandes dimensiones (económica, social y medioambiental) y diez temas que contribuyan a medir el progreso de nuestra sociedad.


En lo que respecta a los asuntos económicos, es necesario tener en consideración los asuntos relativos: a) al acceso al empleo; b) al endeudamiento del país y la estabilidad financiera; c) al dinamismo económico; d) a la inversión productiva; e) a la innovación y apoyo a las start-ups. En lo que hace referencia a los asuntos sociales, los retos están concentrados sobre: a) la salud y la sanidad; b) la calidad de vida y el grado de satisfacción; c) la reducción de las desigualdades y las políticas proactivas en la disminución de discriminaciones sociales; d) el acceso a la educación; e) el acceso a la vivienda, f) el acceso a la cultura, y g) la seguridad. Y, en lo que concierne a la dimensión medioambiental, los temas propuestos para poder medir el progreso de la nueva sociedad son: a) el mantenimiento y defensa de la biodiversidad; b) la preservación de los recursos naturales y las acciones de reciclaje, y c) las actuaciones ante el cambio climático.

Combinando estos indicadores apostaremos por la dimensión intergeneracional, permitiendo la acumulación de medios para poder transmitir de una generación a la siguiente tanto los activos físicos (máquinas, equipos, infraestructuras, recursos bióticos?) como los activos inmateriales (patrimonio, obras artísticas y literarias, investigación...).

Sin duda alguna, esta propuesta debe ser concertada y debería ser monitorizada dentro del marco de una acción de política pública de evaluación, a fin de aumentar la eficacia de los servicios de desarrollo. Sin embargo, si se apuesta por llevar a cabo (y repetir constantemente), más planes económicos, de competitividad, de innovación, etcétera, y nos olvidamos de incluir un buen panel de indicadores, estaremos alimentando más frustraciones en lo que concierne a las posibilidades de alcanzar objetivos de calidad del crecimiento y de progreso.

Mario Vargas Llosa en lecciones de Tolstói

El escritor ruso nos enseña en 'Guerra y paz' que pese a todo lo malo que hay en la vida, la humanidad va dejando atrás, poco a poco, lo peor que ella arrastra
Leí Guerra y paz por primera vez hace medio siglo, en Perros-Guirec, un volumen entero de la Pléiade, durante mis primeras vacaciones pagadas en la Agence France-Presse. Escribía entonces mi primera novela y estaba obsesionado con la idea de que, en el género novelesco, a diferencia de los otros, la cantidad era ingrediente esencial de la calidad, que las grandes novelas solían ser también grandes —largas— porque ellas abarcaban tantos planos de realidad que daban la impresión de expresar la totalidad de la experiencia humana.

La novela de Tolstói parecía confirmar al milímetro semejante teoría. Desde su inicio frívolo y social, en esos salones elegantes de San Petersburgo y Moscú, entre esos nobles que hablaban más en francés que en ruso, la historia iba descendiendo y esparciéndose a lo largo y a lo ancho de la compleja sociedad rusa, mostrándola en su infinito registro de clases y tipos sociales, desde los príncipes y generales hasta los siervos y campesinos, pasando por los comerciantes y las señoritas casaderas, los calaveras y los masones, los religiosos y los pícaros, los soldados, los artistas, los arribistas, los místicos, hasta sumir al lector en el vértigo de tener bajo sus ojos una historia en la que discurrían todas las variedades posibles de lo humano.

En mi memoria, lo que más destacaba en esa gigantesca novela eran las batallas, la prodigiosa odisea del anciano general Kutúzov que, de derrota en derrota, va poco a poco mermando a las invasoras tropas napoleónicas hasta que, con ayuda del crudo invierno, las nieves y el hambre, consigue aniquilarlas. Tenía la falsa idea de que, si había que resumir Guerra y paz en una frase, se podía decir de ella que era un gran mural épico sobre la manera como el pueblo ruso rechazó los empeños imperialistas de Napoleón Bonaparte, “el enemigo de la humanidad”, y defendió su soberanía; es decir, una gran novela nacionalista y militar, de exaltación de la guerra, la tradición y las supuestas virtudes castrenses del pueblo ruso.

Compruebo ahora, en esta segunda lectura, que estaba equivocado. Que, lejos de presentar la guerra como una virtuosa experiencia donde se forja el ánimo, la personalidad y la grandeza de un país, la novela la expone en todo su horror, mostrando, en cada una de las batallas —y acaso, sobre todo, en la alucinante descripción de la victoria de Napoleón en Austerlitz—, la monstruosa sangría que acarrea y las infinitas penurias e injusticias que golpean a los hombres comunes y corrientes que constituyen la inmensa mayoría de sus víctimas; y la estupidez macabra y criminal de quienes desatan esos cataclismos, hablando del honor, del patriotismo y de valores cívicos y marciales, palabras cuyo vacío y nimiedad se hacen patentes apenas estallan los cañones. La novela de Tolstói tiene mucho más que ver con la paz que con la guerra y el amor a la historia y a la cultura rusa que sin duda la impregna no exalta para nada el ruido y la furia de las matanzas sino esa intensa vida interior, de reflexión, dudas, búsqueda de la verdad y empeño de hacer el bien a los demás que encarna el pasivo y benigno Pierre Bezújov, el héroe de la novela. Aunque la traducción al español de Guerra y paz que estoy leyendo no sea excelente, la genialidad de Tolstói se hace presente a cada paso en todo lo que cuenta, y mucho más en lo que oculta que en lo que hace explícito. Sus silencios son siempre locuaces, comunicativos, excitan una curiosidad en el lector que lo mantiene prendido del texto, ávido por saber si el príncipe Andréi se declarará por fin a Natasha, si la boda pactada tendrá lugar o el atrabiliario príncipe Nikolái Andréievich conseguirá frustrarla. Prácticamente no hay episodio en la novela que no quede a medio contar, que no se interrumpa sin hurtar al lector algún dato o información decisivos, de modo que su atención no decaiga, se mantenga siempre ávida y alerta. Es realmente extraordinario cómo en una novela tan vasta, tan diversa, de tantos personajes, la trama narrativa esté tan perfectamente conducida por ese narrador omnisciente que nunca pierde el control, que gradúa con infinita sabiduría el tiempo que dedica a cada cual, que va avanzando sin descuidar ni preterir a nadie, dando a todos el tiempo y el espacio debidos para que todo parezca avanzar como avanza la vida, a veces muy despacio, a veces a saltos frenéticos, con sus dosis cotidianas de alegrías, desgracias, sueños, amores, fantasías.

En esta relectura de Guerra y paz advierto algo que, en la primera, no había entendido: que la dimensión espiritual de la historia es mucho más importante que la que ocurre en los salones o en el campo de batalla. La filosofía, la religión, la búsqueda de una verdad que permita distinguir nítidamente el bien del mal y obrar en consecuencia es preocupación central de los principales personajes, incluso los jerarcas militares como el general Kutúzov, personaje deslumbrante, quien, pese a haberse pasado la vida combatiendo —todavía luce la cicatriz que le dejó la bala de los turcos que le atravesó la cara— es un hombre eminentemente moral, desprovisto de odios, que, se diría, hace la guerra porque no tiene más remedio y alguien tiene que hacerla, pero preferiría dedicar su tiempo a quehaceres más intelectuales y espirituales.

Aunque, “hablando en frío”, las cosas que ocurren en Guerra y paz son terribles, dudo que alguien salga entristecido o pesimista luego de leerla. Por el contrario, la novela nos deja la sensación de que, pese a todo lo malo que hay en la vida, y a la abundancia de canallas y gentes viles que se salen con la suya, hechas las sumas y las restas, los buenos son más numerosos que los malvados, las ocasiones de goce y de serenidad mayores que las de amargura y odio y que, aunque no siempre sea evidente, la humanidad va dejando atrás, poco a poco, lo peor que ella arrastra, es decir, de una manera a menudo invisible, va mejorando y redimiéndose.

La dimensión espiritual de la historia es mucho más importante que la que ocurre en los salones

Esa es probablemente la mayor hazaña de Tolstói, como lo fue la de Cervantes cuando escribió El Quijote, la de Balzac con su Comedia humana, la de un Dickens con Oliver Twist, de un Victor Hugo con Los miserables o de Faulkner con su saga sureña: pese a sumergirnos en sus novelas en las cloacas de lo humano, inyectarnos la convicción de que, con todo, la aventura humana es infinitamente más rica y exaltante que las miserias y pequeñeces que también se dan en ella; que, vista en su conjunto, desde una perspectiva serena, ella vale la pena de ser vivida, aunque solo fuera porque en este mundo podemos no sólo vivir de verdad, también de mentiras, gracias a las grandes novelas.

sábado, 22 de agosto de 2015

A Pablo Iglesias/Tsipras solo les gusta el poder, el poder codearse con los ricos.


A Alexis Tsipras -ídolo de indignados y de los el qué hago- le gusta más el poder que comer a panza abierta. Pero no el poder de Atenas, sino el que le permite codearse con Merkel y Hollande, con Dijsselbloem y Schäuble, y con Lagarde y Draghi. Se pirra por hacerse fotos con ellos y salir en los grandes diarios europeos. Y por eso hizo la retorcida maniobra que ahora quiere culminar con unas elecciones anticipadas.

Consciente de que el comunismo ya no da poder, y oliendo de cerca las oportunidades de la crisis, optó por reconvertirse al populismo. Y así, agregando cabreados, creando enemigos exteriores, prometiendo utopías y eximiendo a su pueblo de cualquier responsabilidad en la desfeita, llegó a la presidencia del Consejo Ministerial con envidiable soltura. Pero tan pronto como tocó poder abandonó la épica y el heroísmo, y se fue a pactar con Merkel como un alumno aplicado. Olvidó que «otra Europa es posible», aceptó los rescates y los ajustes y puso a su lugarteniente Varufakis a los pies de los caballos. Después cogió la pasta y se fue al Parlamento, para explicar que acataba el modelo liberal europeo por la misma razón que poco antes lo había rechazado. Y solo con la pirueta de la dimisión pudo evitar que se lo merendasen los mismos que lo habían encumbrado.

Tsipras, que tenía una mayoría casi absoluta desde hace seis meses, laminó a sus adversarios políticos y encontró el filón de los acuerdos que le brindaron los europeístas de la oposición. Y por eso hay que preguntarse -salvo que creamos la monserga de que las elecciones son un referendo sobre la negociación del rescate- para qué quiere disolver ahora el parlamento. Y la única explicación política es esta: lo que quiere Tsipras es esmendrellar a Syriza, deshacerse de su ala más radical e indignada y recomponer una mayoría a su medida, que, como es evidente, debe ser posibilista, centrada, con capacidad para apoyar la plena integración en el modelo político europeo, y con la esperanza de que la antes odiada Merkel le agradezca el esfuerzo cuando la ocasión sea propicia.




La verdad  creo que está rectificando en la buena línea. Creo que se va a desprender del lastre indignado que le llevó al poder. Creo que pasará a ser un político calificado de hábil por todos los yuppies que no distinguen la habilidad del oportunismo. Y creo que va a ganar las elecciones. Lo que no creo -y ahí está el busilis- es que sea un político decente, ni que haya beneficiado a los sectores más pobres y marginados de Grecia. Solo conquistó el poder por donde más fácil le era. Y solo quiere hacerse trajes nuevos, y comprarse buenas corbatas, para ir a cenar con Merkel. Porque las revoluciones de la era mediática suelen ser así: de cartón piedra -que no resiste el invierno- y muy caras para el pueblo que las jalea primero y las paga después.

La noche de los cristales rotos. El código Bilbao y el ignorado antisemitismo


Los nuevos antisemitas y sus cómplices usan métodos que tienen resonancias con los viejo.
Isaac Nahón Serfaty,  profesor en la Universidad de Ottawa, Canadá. Para blog de Juan Pardo.
En los años 50 y 60 del siglo XX los judíos del norte de Marruecos, sefardíes hispanohablantes, usaban la palabra clave “Bilbao” para referirse al Estado de Israel. En las cartas que enviaban a sus familiares informaban que algún conocido se había ido a “Bilbao”, para decirles que había emigrado al Estado judío. En la Guerra de los Seis Días en 1967 comentaban el conflicto refiriéndose a la “situación en Bilbao”.

El uso del código “Bilbao” respondía a la preocupación de mencionar abiertamente la palabra “Israel” en un contexto hostil a la “Entidad sionista” (uno de los términos preferidos de la propaganda anti-israelí), como lo era el Marruecos que se identificaba con la causa árabe del momento. La prudencia judía, resultado de siglos de antisemitismo que los sefardíes conocieron en múltiples ocasiones en carne propia desde que fueron expulsados de España en 1492, obligaba a ser discretos con respecto al país de los hebreos.

El antisemitismo adopta hoy nuevos rostros. Después del Holocausto se hace cuesta arriba manifestar abiertamente el odio a los judíos, particularmente en Europa, escenario de la barbarie nazi y de otros horrores contra el pueblo hebreo. La palabra código en estos días para canalizar el antisemitismo es “sionismo” o “sionista”, el “Bilbao” de los progres antijudíos para descalificar a personas e instituciones identificadas con el Estado de Israel.

Ha pasado recientemente con la decisión de los organizadores de un festival de música de vetar al cantante estadounidense judío Matisyahu por “sionista” y por “’la indisponibilidad’ del artista a la hora de pronunciarse sobre el derecho del pueblo palestino” (El País, 15 de agosto, 2015). No sorprende, sin embargo, que este incidente haya ocurrido en España, país en el que el antisemitismo prevalece, como lo han mostrado varios estudios de opinión. Fue en el marco del festival de música reggae Rototom Sunsplash, cuyos organizadores anularon el concierto del cantante hebreo debido a la presión ejercida por BDS País Valencià (Boicot, Desinversiones y Sanciones), asociación que hizo una campaña contra Matisyahu acusándolo de “sionista” y de "justificar un Estado -Israel- que practica el apartheid y la limpieza étnica".


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